martes, 16 de septiembre de 2014

Warcraft - Capitulo #3: La Perdición de Draenor

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Capítulo 3: La Perdición de Draenor

Draenor, el refugio de los exiliados
Criptoglifos draenei

Tras de miles de años escapando de la Legión, Velen y los Draenei continuaron viajando por el Universo en busca de un lugar al que pudieran llamar hogar. Su viaje les llevó por multitud de planetas hasta que finalmente encontraron un mundo seguro. Este mundo, fértil y pacífico, tenía los recursos suficientes como para comenzar una nueva vida. Con el transcurso de las eras Velen y sus seguidores comenzaron a reconstruir sus vidas, pero esta vez manteniendo la magia al margen, para evitar llamar la atención de sus perseguidores. Bautizaron a este mundo anónimo como "Draenor", que en su lengua Eredun significaba “Refugio de los Exiliados”. En su camino, los draenei comenzaron a establecer contacto con las numerosas razas nativas del planeta, entre las que se encontraba el honorable pueblo de los orcos, habitantes de los territorios fértiles de Nagrand. Tratándose con respeto mutuo, los Draenei y los orcos se limitaron a mantener relaciones de comercio, nunca relacionándose un pueblo con otro. Pero, aun con el cuidado de los draenei por no llamar la atención de los demonios, no pasó mucho tiempo hasta que Kil'Jaeden logró encontrar el nuevo refugio. Observando y analizando el nuevo mundo, su corrupta mente comenzó a trazar un nuevo plan para destruirlos.


Kil’ Jaeden y el Pacto de las Sombras
Criptoglifos Draenei

Kil’Jaeden observaba el inocente planeta Draenor desde las profundidades del Vacío Abisal. El astuto señor de los demonios había recibido órdenes de su amo Sargeras sobre una nueva invasión de Azeroth, por lo que supuso que necesitaría una nueva fuerza de choque para debilitar las defensas del pequeño planeta antes de que comenzara la verdadera invasión. Kil'Jaeden, al contrario que sus congéneres Mannoroth y Archimonde, prefería tácticas de invasión más sutiles, basadas en el engaño, buscando las debilidades del objetivo y aprovechándose de estas en beneficio propio. Su plan consistía en debilitar a las razas de Draenor para poder así traerlas a la sombra y convertirlas en su poderoso ejército. Kil’Jaeden sabía que aquel mundo se había convertido en el hogar de los Draenei, y de otra poderosa raza, los orcos. Los draenei habían desarrollado una cultura pacífica y civilizada, más avanzada que el resto de razas, y muy diferente de lo que fueron originalmente los Eredar, mientras que los orcos, nativos de Draenor, habían construido su sociedad organizados en clanes y en torno a sus creencias en la naturaleza y los espíritus de esta. Con un marcado sentido del honor, eran gobernados generalmente por dos figuras: la primera, un jefe de guerra, que era el más fuerte del clan; y la segunda, un chamán, entrenado desde joven y que ejercía la función de guía espiritual. De entre las dos razas, Kil'jaeden vio a los guerreros orcos más susceptibles a la corrupción, por lo que se decantó por corromper a estos para ejecutar su plan. De una forma muy parecida a como Sargeras puso a la reina Azshara bajo su control, el embaucador  habló al alma de un anciano chamán orco, de nombre Ner'zhul, prometiéndole la gloria y poder que ninguna raza de Draenor vería jamás. Ner'zhul, atraído por la oferta del demonio Eredar, hizo un pacto de sangre con él, sirviéndole como su esbirro.

A través del chamán, Kil’jaeden sembró la semilla de la destrucción en el corazón de los orcos, extendiendo el salvajismo y las ansias de batalla por todos los clanes. Kil'jaeden observó satisfecho como en poco tiempo la espiritual raza se había convertido en un pueblo sediento de sangre, por lo que decidió que había llegado el momento de probar la fidelidad de sus nuevos esbirros. Instó a Ner'zhul y su gente a dar el último paso: entregarse por completo a la búsqueda de la guerra, convirtiéndose en el imparable ejército de la legión por todo el Universo. Sin embargo, el viejo chamán, sintiendo que su pueblo sería esclavizado al odio para siempre, de alguna manera se resistió a la orden del demonio. Frustrado por la reacción del anciano orco, Kil'jaeden buscó a otra marioneta que llevara al pueblo orco por el camino de la Legión. Fue entonces cuando fijó sus ojos en el joven aprendiz de Ner’zhul, Gul’dan. Kil'jaeden prometió al orco poder incalculable a cambio de su total obediencia. Atraído por las ofertas, Gul’dan juró lealtad a su nuevo amo y se convirtió en el más poderoso brujo mortal de la historia. Gul’dan enseñó a otros jóvenes orcos las artes de la brujería, esforzándose en que abandonaron sus viejas y pacíficas tradiciones chamanísticas. Finalmente, Kil'jaeden, buscando reforzar su control sobre los orcos, ayudó a Gul'dan a crear el Consejo de las Sombras, una organización sectaria que manipularía a los clanes en secreto y extendería las prácticas de la demonología por todos los territorios del planeta. A medida que más y más orcos sucumbían a la sombra, los apacibles campos y ríos comenzaron a ennegrecerse. Con el tiempos, las vastas praderas que los orcos habían llamado hogar durante generaciones se marchitaron, dejando atrás solo suelo yermo y rojizo.


El Ascenso de la Horda

Bajo el control secreto de Gul’dan y su Consejo de la Sombra, los orcos se fueron volviendo cada vez más agresivos. Sin un enemigo común, su ansia de destrucción les llevó a competir entre ellos en pruebas de fuerza y luchas fratricidas. A pesar de la aprobación de esta dinámica por parte de los brujos orcos, algunos pocos jefes de clanes se pronunciaron en contra de la actual depravación. Uno de ellos, Durotan, jefe del Clan Lobo Gélido, advirtió que esta conducta llevaría a los orcos a la destrucción, pero sus palabras no fueron escuchadas por el resto de jefes, ahora más preocupados en establecerse líderes en la nueva era de guerra y dominación. Kil'jaeden sabía que los clanes orcos estaban casi listos, pero necesitaba estar seguro de su lealtad absoluta. En secreto, hizo que el Consejo de las Sombras invocara a Mannoroth el Destructor, el recipiente viviente de la rabia y la devastación. Gul'dan llamó a los jefes de los clanes y les convenció de que bebieran la sangre del demonio, para obtener así un ansia de conquista que los haría invencibles. Liderados por Grom Grito Infernal, todos los jefes de los clanes, excepto Durotan y su mejor amigo Orgrim Martillo Maldito bebieron y con ello sellaron sus destinos como esclavos de la Legión Ardiente. Consumidos por la maldición de esta nueva sed, Gul’dan sintió que había llegado el momento de unir a los clanes guerreros en un sola e imparable Horda. Sin embargo, a sabiendas de que los algunos jefes como Grito Infernal o Martillo Maldito se disputarían el poder, el astuto brujo decidió colocar un jefe de guerra con el que podría controlarles a todos. Puño Negro, un señor de la guerra orco particularmente depravado y cruel, fue elegido para ser su marioneta.

Bajo la orden de Puño Negro, la Horda se probó a sí misma contra los desprevenidos draenei. En el transcurso de unos pocos meses, la Horda erradicó a casi todos los Draenei que opusieron resistencia. Solo unos pocos supervivientes bajo el mando de algunos líderes como Akama, consiguieron escapar de la masacre de los orcos. Emocionado con la victoria, Gul'dan se deleitaba en el poder y la fuerza de su nueva Horda, no obstante, él y sus brujos sabían que sin ningún enemigo con que luchar, la Horda se consumiría a sí misma en su imparable apetito por la masacre. Desde la sombra, Kil'jaeden observó la cacería indiscriminada que los orcos habían desatado sobre el pueblo Draenei. Su venganza estaba consumada y la horda se había convertido en el arma más poderosa de la Legión Ardiente. No paso mucho tiempo hasta que decidió compartir sus conocimientos con su impaciente amo Sargeras. Su venganza contra Azeroth finalmente había llegado a su fin…

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