sábado, 13 de septiembre de 2014

Warcraft - Capitulo #1: Mitos


Capítulo 1: Mitos
Tradición oral entre los Kaldorei

Los Titanes y la Formación del Universo.

Nadie sabe cómo se formó exactamente el universo. Algunos teorizan que una catastrófica explosión cósmica lo creó, mientras que otros creen que su origen se encuentra en una sola todopoderosa entidad, cuya sagrada luz ilumina las vidas de todos y cada uno de los seres desde tiempos inmemoriales. Aunque los orígenes del caótico universo indudablemente son inciertos, es seguro que una raza de poderosas criaturas se alzó para traer estabilidad a ese caos, tratando de dar orden a cada mundo, y asegurándose de que con el tiempo sus criaturas siguieran sus mismos pasos. Los Titanes, colosales dioses de piel metálica de las infinidades del cosmos, exploraron el naciente universo, dando orden y haciendo progresar cada mundo que iban encontrando. No está claro de dónde vinieron y por qué lo hacían, pero ordenaron cada planeta levantando poderosas montañas y excavando profundos océanos. Regidos por una élite llamada El Panteón, cuyo alto padre Aman’thul gobernaba con justicia e igualdad, los Titanes salvaguardaron cada mundo estructurado de la amenaza de la oscuridad. Pero no estaban solos, los colosales titanes aunque poderosos, tenían un fuerte enemigo. El Vacío Abisal, una enorme dimensión etérea de magias caóticas era el hogar de un gran número de maléficos demonios, cuyo único propósito era destruir la vida y devorar las energías del Universo viviente. Incapaces de concebir el mal o la extinción de cualquier forma de vida, los Titanes se vieron obligados a hallar una forma de terminar los constantes ataques de tan viles criaturas.


Sargeras y la Traición

Con el paso del tiempo, las entidades demoníacas encontraron la forma de penetrar en los mundos de los Titanes. El Panteón decidió entonces elegir a un Titán para defender la ofensiva de los demonios, escogiendo a su más poderoso guerrero Sargeras para tan noble misión. El gran gigante de bronce bruñido cumplió con su deber por interminables milenios, buscando y destruyendo demonios donde quiera que los encontrara. A través de los eones, trató de erradicar la corrupción del Universo, sin embargo con cada demonio que derrotaba otro emergía en su lugar dispuesto a traer el caos. Su interminable cruzada le llevó a conocer a poderosas razas de demonios, pero de entre ellos, unos mostraron ser particularmente despiadados: los Nathrezim. Esta oscura raza de demonios-vampiro (también conocidos como Señores del Terror) conquistaban mundos poseyendo a sus habitantes y tornando sus naciones unas contra otras dentro de un odio irracional y perverso. Sargeras confrontó a los esquemáticos demonios derrotándolos con facilidad, sin embargo su corrupción le afectó profundamente. Incapaz de soportar tanta depravación, el gran Titán perdió toda conciencia no sólo de su misión, sino también de la creencia de los Titanes de un Universo ordenado, llegando a pensar que el orden era absurdo, y que el caos y la depravación eran los únicos absolutos del oscuro Universo. Sus compañeros Titanes trataron de calmar sus iracundas emociones, pero este no les escuchó, y abandonó sus filas para siempre. El Panteón lamentó profundamente su partida, pero jamás pudieron predecir cuán lejos llegaría su hermano perdido.

Con sus sentidos obcecados, el Titán buscó su propio lugar por el solitario Universo. Su locura le llevó a creer que los Titanes eran los verdaderos responsables del fracaso de la creación, por lo que, decidido a deshacer sus trabajos, se propuso crear un ejército que llevase el caos por todos los rincones del Universo. Así pues, Sargeras destrozo las prisiones de los Nathrezim y del resto de demonios que el mismo había encarcelado. Astutos, estos se postraron ante la vasta ira del oscuro Titán y ofrecieron servirle en cualquiera de sus maliciosos caminos, pero de entre las razas demoníacas no había ninguna con la suficiente astucia como para comandar sus ejército. Por esta razón Sargeras se dispuso a encontrar a la raza perfecta para esta misión.


La Caída de Argus
Criptoglifos Draenei

Hace más de 25.000 años, Argus era un planeta habitado por una raza de seres muy avanzados en los caminos de la magia, los Eredar. Los Eredar desarrollaron una inteligencia inmensa y no tardaron en crear una magnífica civilización que brilló sobre todos los confines del Universo. Pronto se convirtieron en verdaderos maestros de la magia, sin embargo, fue esta conexión con las energías arcanas lo que acabó atrayendo la atención de Sargeras. Fascinado por su talento, Sargeras pensó que unas criaturas tan poderosas podían convertirse en piezas clave de sus planes de destrucción cósmica, así que, dispuesto a convertir a los Eredar en los generales de su Cruzada Ardiente, se dirigió a Argus y contactó con sus tres líderes: Archimonde, Kil'Jaeden y Velen.

Sargeras ofreció conocimiento y poder en cantidades universales a los tres líderes de Argus. Los tres escucharon la oferta, pero sólo uno de ellos logró ver el futuro destructivo al que serían sometidos. Velen, que había sido bendecido con el don de las visiones, pudo contemplar en ellas lo que podía significar la destrucción de su gente. Aterrorizado, corrió a advertir a Kil’Jaeden y Archimonde de los propósitos de Sargeras, pero ya era demasiado tarde. Los dos Eredar habían sucumbido a la oferta del oscuro Titán, convirtiéndose en figuras casi omnipotentes, pero corrompidas hasta el punto de portar la maldad de todo demonio. Con este nuevo poder en manos de Archimonde y Kil'Jaeden, Velen supo que cualquier oposición directa contra ellos sería inútil. A punto de darse por vencido y observando cómo se acercaba el fin de su civilización, finalmente sus súplicas recibieron respuesta. Un ser de naturaleza completamente desconocida se manifestó ante él, y le reveló que era miembro de la ancestral raza de los Naaru, unos seres compuestos de pura energía que llevaba siglos luchando contra la oscuridad, su nombre era K'ure. El Naaru ofreció a Velen desplazarlo a él y sus fieles de Argus, a un lugar seguro, lejos de la influencia de Sargeras y de sus dos nuevos generales. Profundamente aliviado y con nuevas esperanzas, Velen reunió a los Eredar que, como él, habían rechazado la oferta de Sargeras. Esta nueva facción renegó de su raza y se bautizaron a sí mismos como los "Draenei", que en el antiguo idioma Eredun significa “Los Exiliados”. 

Exaltados en furia, Kil'Jaeden y Archimonde vieron esto como la traición de su hermano y juraron que allá donde fueran el y sus exiliados, ellos los encontrarían aunque eso significase alcanzar los límites del Universo. Convertidos ahora en los nuevos líderes del ejército de Sargeras, este les encomendó a cada uno una misión. Kil'jaeden sería elegido para encontrar y reclutar a las más oscuras razas del universo y reclutarlas a sus filas. Astutamente este esclavizó a los Señores del Terror bajo su poder, nombrando de entre ellos a Tichondrius como su líder. Archimonde, por otra parte, fue elegido para comandar los vastos ejércitos del Titán, y prefirió escoger a los maléficos Señores del Foso y a su barbárico líder Mannoroth el Destructor, con los que esperaba establecer una élite guerrera que purgaría toda creación de vida. La locura termino por consumir los últimos vestigios de Sargeras. Su forma titánica se fue distorsionando: sus ojos, cabello y barba ardieron en llamas, y su otrora piel metálica broncínea se abrió revelando una nueva forma de odio infinito. Cuando Sargeras vio que su ejército estaba listo, le otorgó el nombre de la Legión Ardiente y los envió hacia la gran oscuridad a destruir todo lo que encontraran. Desde ese día y hasta la fecha, no está claro cuántos han sido consumidos por su insana cruzada ardiente.


Los Dioses Antiguos y el Ordenamiento de Azeroth

Ignorando la misión de Sargeras de deshacer sus trabajos, los Titanes siguieron moviéndose de mundo a mundo, dando forma y poniendo orden a cada uno como creían adecuado. Su labor continuó por milenios, hasta que un día repararon sobre un pequeño planeta al cual sus habitantes llamarían Azeroth. Preparados para comenzar sus trabajos, los Titanes hicieron su entrada sobre la primitiva tierra, dispuestos a modelar su paisaje primordial y sembrarlo de vida. 

Para ello, decidieron crear y dar poder a distintas criaturas que les ayudarían en su labor. A partir de la propia piedra, crearon a los Troggs y a los gigantes de la Mmntaña, que serían los encargados de excavar y moldear las profundidades del planeta. De las vastas profundidades submarinas, crearon también a los inmensos pero gentiles gigantes del mar para ayudarles a retirar los océanos y sacar la tierra firme. Con el paso del tiempo y la ayuda de sus nuevas creaciones, los Titanes se pusieron manos a la obra con sus trabajos, sin embargo pronto verían frustrados sus propósitos. Totalmente sorprendidos, los titanes observaron una extraña conducta en los elementos del planeta que comenzaron a atacarles. Al parecer antiguas criaturas del planeta tenían subyugados a estos elementos, enloqueciéndolos y devolviéndolos a su primigenio caos, estas criaturas serían conocidas como los Dioses antiguos. Cuentan las leyendas que los Dioses antiguos eran seres infinitamente malvados cuyos propósitos, más allá de deformar el planeta con su tormento, aún son desconocidos. Las historias afirman que eran cinco, pero nadie sabe como fueron creados ni como llegaron al planeta. Hasta las propias creaciones de los Titanes se vieron afectadas por su corrupción, contagiándose con una terrible enfermedad que transformaba su dura piel de piedra en débil carne, o incluso alteraba su mentalidad e ideología, La Maldición de la Carne. El Panteón, perturbado por la inclinación de estos seres hacia el mal, entabló una guerra contra los elementos y sus cuatro lugartenientes: Ragnaros el Señor del Fuego, Therazane la Madre Pétrea, Al’Akir el Señor del Viento y Neptulón el Cazamareas. Sus caóticas fuerzas chocaron por toda la faz de la tierra hasta que uno a uno, los cuatro señores elementales cayeron. Con su derrota, los Titanes asediaron las ciudadelas de los Dioses Antiguos dispuestos a destruirlos, sin embargo pronto descubrirían cuán lejos había llegado su corrupción.

La Maldición de la Carne se había vuelto tan maligna que había ligado el planeta con las oscuras deidades, por lo que su destrucción también supondría el final de Azeroth. Temerosos de arruinar todo su trabajo, El Panteón decidió sellar a los dioses bajo las profundidades abisales del mundo en lugar de destruirlos, allí permanecerían durante el resto de su existencia. Con los Dioses Antiguos encarcelados, los titanes decidieron crear el plano elemental. Este plano sería la residencia de los elementales y sus cuatro señores. Allí podrían habitar sin dañar el planeta. Este plano elemental se dividía en cuatro regiones, cada una con entornos óptimos para cada tipo de elemental: infralar, el muro celeste, el fauce abisal y las tierras de fuego. Todo este cambio hizo que el planeta se calmara. la naturaleza resurgiera y el mundo se dirigiera a una pacífica armonía. Los Titanes retomaron de nuevo su trabajo, rediseñando el mundo y creando nuevas razas libres de la Maldición de la Carne, como los Terráneos, pero esta vez no dejarían indefensa su creación. Decididos a protegerla de la corrupción, crearon poderosas defensas y construcciones que servirían de soporte en tiempos de necesidad, colocando poderosos vigías para salvaguardarlas. La primera de ellas fue Uldaman, diseñada para albergar a los enfermos Troggs y a sus nuevos sustitutos los Terráneos; la segunda, Ulduar, sería la prisión de uno de los dioses antiguos y la residencia de Algalón, creado para observar y evaluar constantemente la corrupción del planeta, y la tercera y última fue Uldum, que contendría una poderosa arma capaz de destruir toda la vida para empezar de nuevo, la Cámara de los Orígenes.

Por mucho tiempo, los Titanes remodelaron la tierra hasta formar un continente perfecto. En su centro, crearon un lago de centelleantes energías primordiales que serviría de fuente de vida para todo el planeta. Azeroth había recuperado su capacidad para albergar vida: plantas, árboles y criaturas de toda especie empezaron a conquistar el continente. Cuando cayó el ocaso del último día de su labor, los titanes llamaron al continente Kalimdor“tierra de eterna luz estelar”.


El Encargo de los Dragones

Satisfechos al ver su trabajo concluido, los Titanes se prepararon para abandonar Azeroth para siempre, sin embargo aun les quedaba una tarea por hacer. Preocupados porque nadie amenazase la perfecta tranquilidad del pequeño mundo, decidieron encomendar a una de sus primitivas razas la misión de protegerlo. Para ello eligieron a las mayores especies del planeta en aquella época, los Dragones. Los Dragones se organizaban en vuelos, había un total de cinco y dentro de cada vuelo había un dragón que destacaba sobre los demás. Los grandes miembros del Panteón decidieron imbuir con una porción de su poder a cada uno de ellos, y a partir de entonces dominarían sobre el resto de sus hermanos.

Aman’thul, el Alto Padre del Panteón, otorgó parte de su poder cósmico sobre el gigantesco dragón de bronce Nozdormu, para que protegiera el tiempo y las inconmensurables vías del destino. El estoico y honorable Nozdormu sería conocido como el Atemporal.

Eonar, el Titán patrón de toda vida, dio parte de su poder a Alexstrasza la Roja, cuya misión sería salvaguardar toda vida que creciera en el mundo. Por su suprema visión e ilimitada compasión por todas las cosas vivas Alexstrasza fue coronada como Reina de los Dragones y se le dio dominio sobre toda su especie.

Eonar también bendijo a la pequeña hermana de Alexstrasza, la luminosa dragona verde Ysera, con una porción de la influencia sobre la Naturaleza. Ysera sería conocida como La Soñadora, velando por los salvajes bosques del mundo desde su verde reino, El Sueño Esmeralda.

Norgannon, el Titán protector y maestro de las artes mágicas, le dio inmenso poder mágico al dragón azul, Malygos. Desde ese momento, Malygos sería conocido como el Tejedor de Hechizos, guardián de la magia arcana oculta.

Y por último, Khaz'goroth, el Titán forjador del mundo, bendijo al poderoso dragón negro, Neltharion, conocido como el Guardián de la Tierra, al que dio dominio sobre la tierra y las profundidades. El controlaría la fuerza del mundo y sería el gran soporte de Alexstrasza.

Estos cinco dragones se llegarían a conocer en el futuro como los cinco Dragones AspectoCon los Dragones preparados para salvaguardar su creación, los Titanes dejaron atrás Azeroth para siempre. Desde entonces y hasta la actualidad en Azeroth nunca más se ha vuelto a ver a un titán.


El Imperio Zandalari

Tras la partida de los titanes, el planeta quedo predispuesto a una continua y favorable evolución. Durante siglos albergó numerosas razas y criaturas dispares, muchas creadas por los titanes y otras con orígenes desconocidos. Algunas de estas criaturas también habían sido creadas pero no por los titanes, sino por los Dioses Antiguos, como los Aqir. Los Aqir eran una raza de insectoides inteligentes cuyo origen se remonta antes de la llegada de los titanes. Habían creado una poderosa civilización al oeste y se mostraban hostiles ante cualquier raza que no fuera insectoide.

Los trols fueron una de las primeras razas inteligentes no creadas por los titanes que crecieron y evolucionaron en el planeta. Con el tiempo fueron progresando hasta formar un gran imperio que logró extenderse por la mayor parte de Azeroth, y que se hacía llamar  el Imperio Zandalari. Con el paso de los siglos, su sociedad fue creciendo hasta que algunos grupos se separaron del imperio formando sus propias tribus. Los primeros fueron los trols Drakkari, estableciendose en Zul’Drak al norte, conocidos como los Trols de hielo. Poco después, les siguieron los Amani estableciéndose en Zul’Aman, conocidos como los Trols del bosque. Y finalmente, lo hicieron los Gurubashi al sur en Zul’Gurub, conocidos como los Trols de la jungla. Con la distancia territorial, cada tribu prosperó con sus propias creencias y costumbres, incluso su musculatura, altura o color de piel se volvieron diferentes, convirtiéndose en rasgos distintivos de cada una. De las tres nacientes tribus, las tribus Gurubashi y Amani se convirtieron en poderosos imperios aislados. El gran Imperio Zandalari pasó a ser una tribu más, formada por sacerdotes con grandes aires de superioridad que no se involucraban en temas políticos. Con el paso del tiempo surgieron discrepancias entre los dos grandes imperios, sin embargo, a pesar de su falta de simpatía, nunca entraron en conflicto por miedo a la amenaza de un enemigo común, la civilización de Azj’Aqir. Los Aqir demostraban ser una raza extremadamente hostil con los trols, y obsesionadas con erradicar cualquier ser viviente que no fuera insectoide. Los trols lucharon contra ellos durante miles de años, pero ninguna tribu llegó nunca a vencer a su gran imperio, sin embargo, debido a su persistencia, terminaron logrando un desgaste en sus filas, que provocó su ruptura en tres imperios diferentes: el imperio nerubiano de Azjol-Nerub, en las tierras baldías del norte, el imperio de Ahn’Qiraj en los desiertos de Silithus, y el imperio Mántide en las lejanas tierras del sur. Cuando los insectoides marcharon al exilio, los imperios gemelos volvieron a sus asuntos cotidianos. A pesar de su gran victoria ninguna tribu se expandió mucho más allá de sus fronteras, no obstante existen textos antiguos que hablan de un pequeño grupo de trols que se adentraron en el oscuro corazón del planeta, y poco a poco se convirtieron en criaturas más nocturnas, los Trols oscuros.


El Despertar del Mundo y el Pozo de la Eternidad

Después de siglos de viaje aislados del resto de tribus, los Trols oscuros llegaron a las orillas de un lago encantado en el centro del continente atraídos por sus extrañas energías. Allí se acomodarn alrededor del lago, al que más tarde denominarían El Pozo de la Eternidad. Pasaron siglos en contacto con sus aguas, hasta que con el tiempo, las energías cósmicas del pozo comenzaron a afectarles, haciéndolos más fuertes, sabios e inmortales. Desde entonces la tribu adoptó el nombre de Kaldorei, que significa “niños de las estrellas” en su lengua primitiva.

Los Kaldorei, o Elfos Nocturnos, como serían llamados más tarde, adoraban a Elune, la diosa de la Luna, convencidos de que, durante el día, dormía en las refulgentes profundidades del pozo. Conforme su sociedad crecía, exploraron Kalimdor para desentrañar sus misterios, hasta que su curiosidad les llevó a conocer a los poderosos y antiguos dragones. Aunque las enormes bestias serpenteantes solían recluirse, a menudo salían de sus guaridas para ayudar a los elfos a proteger la tierra. Con el tiempo otras poderosas entidades fueron descubiertas por los elfos, entre los cuales estaba Cenarius, un semidiós de los bosques primigenios. El benévolo Cenarius simpatizó con los inquisitivos elfos de la noche y pasaba largas horas instruyéndolos en el conocimiento del mundo natural. Cenarius les enseñó los poderes de la naturaleza y a cómo controlarla, naciendo así un vínculo entre la naturaleza y los elfos que perdura hasta los tiempos actuales. Bajo la tutela del semidiós, los elfos construyeron una sociedad en torno a su creencia en los poderes de la tierra, sin embargo, con el paso de los siglos, algunos elfos comenzaron a sentir curiosidad por los poderes del pozo, investigando sus aguas, hasta darse cuenta de que podían utilizar su magia para crear o destruir a voluntad. Elfos de todo el continente se acercaron a sus orillas para comenzar sus estudios, hasta que con el tiempo, se convirtieron en poderosos hechiceros. Los grandes hechiceros y magos construyeron hermosas ciudades, elaboraron impresionantes artefactos mágicos, y moldearon el mundo de acuerdo a sus propias necesidades. Una de las más poderosas y bellas hechiceras Kaldorei, llamada Azshara, llegó a acumular tanto conocimiento, que los Kaldorei la coronaron Reina de Kalimdor. Azshara, que compartía con los sacerdotes elfos la curiosidad por conocer los secretos de la magia, ansiaba el conocimiento arcano por encima de cualquier cosa. Decidida a desentrañar todos sus misterios, construyó su palacio en las orillas del lago, donde vivirían ella y sus selectos sirvientes, a los que llamó Quel’dorei o Altonatos, que se creían superiores al resto de su raza. Azshara gobernó al pueblo élfico durante generaciones, nombrando a su más fiel sirviente Dath’Remar alto concejal. La devoción del pueblo elfo por ella llego a ser tal, que empezaron a venerarla como una diosa, llamándola “la encarnación misma de Elune”. 

Sin pensar que la magia podía ser peligrosa si no se usaba responsablemente, Azshara y sus Altonatos empezaron a practicar sus encantos con evidente abandono. Cenarius y muchos eruditos elfos nocturnos advirtieron que podría resultar peligroso jugar con las volátiles artes de la magia, pero sus precavidas palabras fueron ignoradas por sus imprudentes hermanos, quienes habían penetrado profundamente en el estudio de la magia. Conforme sus poderes crecían, un cambio distintivo empezó a ocurrir en Azshara y sus seguidores. La clase alta comenzó a tornarse cruel y despreciativa con sus compañeros elfos nocturnos, incluso una extraña palidez cubrió la anterior belleza de la reina, que con el tiempo, comenzó a apartarse de sus amados súbditos y negándose a tratar con cualquiera que no fueran sus sacerdotes Quel’dorei.Un joven erudito llamado Malfurion Tempestira, quien había ocupado mucho de su tiempo en estudiar las primitivas artes del druidismo junto a Cenarius, comenzó a sospechar que un terrible poder había corrompido a los Altonatos y a su amada reina. Aunque no podía concebir de donde provenía este mal, sabía que las vidas de los elfos nocturnos cambiarían para siempre...


La Guerra de los Ancestros
Hace aproximadamente 10.000 años antes de la Primera Guerra

Conforme pasaron los siglos, los elfos prosiguieron sus estudios de la magia guiados como siempre por su reina Azshara y sus Altonatos. Libres de cualquier obstáculo, los imprudentes elfos continuaron practicando la magia arcana del pozo cada vez con mayor frecuencia, ignorando las nefastas consecuencias que ello desencadenaría. A medida que extraían sus energías, progresivas ondas de energía fueron enviadas desde el planeta a las profundidades de la Gran Oscuridad, utilizando el pozo como puente entre ambas.

Una horrible entidad acabo percibiendo esas energías desde los confines del Universo. Se trataba de Sargeras, el Destructor de Mundos, que había logrado dar con el primigenio planeta y con la fuente de su energía, el Pozo de la Eternidad. Seducido por su poder, el titán resolvió destruir el joven mundo y reclamar sus energías para sí mismo. Para ello sólo necesitaría persuadir a un grupo lo suficientemente ambicioso como para llevar a cabo un ritual que logrará su manifestación física sobre el planeta, pero Sargeras ya había pensado en los anfitriones perfectos. Conociendo sus ansias de poder, Sargeras se comunicó con la reina Azshara y sus Altonatos, que no tardarían en caer víctimas ante el influjo del oscuro titán. Uno en particular, Xavius el consejero de la reina, quedo especialmente prendado por su poder, llegando a venerarlo como si fuera un dios. El ingenuo elfo estaba convencido de que su nuevo señor traería el verdadero destino del mundo, por lo que indujo a otros elfos como él a que siguieran su misma devoción. Totalmente obcecado por el terrible éxtasis mágico, Xavius persuadió a la reina de que el pueblo Kaldorei debía mostrar su fidelidad, abriendo un portal dimensional en las orillas del pozo que sirviera de entrada para sus nuevos amos. Azshara accedió a la propuesta de su consejero, y ordenó a sus más poderosos Altonatos dar comienzo a la terrible invocación. Conforme el hechizo empezó a canalizarse, Sargeras reunió a millones de demonios recogidos de todos los rincones del universo, que ansiosos por la conquista, entraron en el mundo a través del Pozo de la Eternidad. Liderados por sus tenientes Archimonde y Mannoroth, la Legión comenzó su asedio sobre las durmientes ciudades de los elfos, mientras esperaban que la invocación estuviera lista para la llegada de su oscuro señor. Los guerreros elfos trataron de defender sus ancestrales hogares de las continuas oleadas de demonios, pero pronto se dieron cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos. Obligados a retroceder junto al resto de sus compañeros, Malfurion Tempestira huyó a los bosques con la esperanza de encontrar ayuda para su gente. En su camino contaría con la ayuda de sus dos mejores amigos de la infancia: la hermosa y joven sacerdotisa de la luna, Tyrande Susurravientos y su propio hermano gemelo Illidan. Ambos hermanos profesaban un amor insaciable por la idealista sacerdotisa, a la que admiraban y querían conquistar, pero de maneras muy diferentes. Illidan, a diferencia de su hermano, siempre se había sentido atraído por las artes mágicas del pozo, rechazando las enseñanzas druídicas de la tierra en las que ambos habían sido instruidos desde la juventud. Su deseo por conquistar a la elfa era tan grande que a menudo actuaba sin pensar. Creía que obteniendo más poder lograría impresionarla, sin llegar a darse cuenta de que esas no eras las cualidades en las que la sacerdotisa se fijaba para un compañero. Unidos para organizar la resistencia, los tres elfos acudieron al noble Cenarius, que se comprometió a ayudarles, buscando a los ancestrales guardianes del mundo, los dragones. Los dragones, liderados por la grandiosa Alextrasza, acudieron a la llamada de los elfos, dispuestos a defender la tarea que hace milenios les había sido encomendada. Cenarius también llamó a los espíritus de los bosques, reclutando un ejército de Ancestros y Treants, los hombres-árbol, que se unieron a la resistencia para expulsar a los demonios que quemaban sus bosques. Con el soporte de sus nuevos aliados, Malfurion, Illidan y Tyrande, al mando de las fuerzas de los elfos, organizaron un valiente y feroz contraataque. Con una renovada energía, los guerreros elfos y treants combatieron con ímpetu a los viles demonios, mientras eran abrasados en llamas por los majestuosos dragones que descendían desde el cielo. Illidan se abrió paso a través de las fuerzas de la Legión, destrozando las filas de los demonios utilizando sus hechizos arcanos. Fue así como se encontró cara a cara con el terrible Azzinoth, capitán de la Guardia de la Perdición. Una gran batalla se entabló entre ambos contendientes, pero finalmente el elfo consiguió derrotarlo y arrebatarle sus espadas curvas, las cuales, con el transcurso del tiempo, logró dominar con tal habilidad, que se volvieron un rasgo distintivo de su personalidad y casi extensiones de sus brazos.

La batalla bramó sobre los ardientes campos de Kalimdor mientras los elfos trataban de defender sus hogares, sin embargo un terrible evento volcó esta situación. Los detalles de tal evento se han perdido en el tiempo, pero cuentan las leyendas que Neltharion, el Gran Dragón Negro de la Tierra, se volvió loco debido a extrañas circunstancias. Al parecer había sido susurrado y enloquecido por uno de los dioses antiguos encerrado hace miles de años por los titanes. Este le encomendó la tarea de crear un artefacto conocido como El Alma del Dragóncon el cual debía engañar a sus hermanos, haciendo que estos depositaran parte de sus poderes en él. Nelharion convenció a sus hermanos de llevar a cabo tan terrible plan bajo la excusa de crear un arma para luchar contra los demonios. Uno a uno los dragones depositaron su poder, pero cuando llegó el momento de depositar los suyos este se negó, revelando sus verdaderas intenciones. El enloquecido dragón atacó indiscriminadamente a demonios, elfos y dragones, y se renombró así mismo Alamuerte. La influencia del artefacto agravó aún más su confusión y terminó resquebrajando su coraza de escamas. Convertido entonces en el más poderoso de sus hermanos gracias a su engaño, destruyó a la mayoría de los dragones azules utilizando el artefacto, que dé en adelante sería conocido como El Alma del Demonio. Malygos quedó solo y casi sin herencia, por lo que, desolado viajó al gélido Rasganorte y creó allí un cementerio para sus hijos, El cementerio de dragones, que sería custodiado por su más fiel siervo superviviente, el dragón Saphyron. La locura de Alamuerte había causado una gran destrucción entre los distintos vuelos, por lo que, en contra de su voluntad, estos se vieron obligados a abandonar a sus aliados mortales, sobre los cuales ahora recaía el destino de todo el planeta. Confuso y malherido por el contacto con el artefacto, Alamuerte huyó como lo hicieron sus hermanos para refugiarse en las profundidades de la tierra donde aguardaría el momento idóneo de regresar a la superficie.

Sin la ayuda de los Aspectos, los elfos se vieron incapaces de hacer frente a la legión, temiendo no sobrevivir al abandono de sus aliados. A pesar de ello, Malfurion creía que todavía existía una manera de derrotarles. Tras estudiar el pozo, descubrió que este actuaba como un cordón umbilical que unía a los demonios con el mundo físico, por lo que pensó que destruyéndolo tendrían una oportunidad contra los invasores. Conociendo que el Pozo era la fuente de su inmortalidad y sus poderes, sus compañeros elfos nocturnos se horrorizaron ante la idea, en especial su propio hermano gemelo Illidan, que creía que sólo usando sus místicas energías lograrían la victoria. Pero Tyrande creía en la teoría de Malfurion, y apoyo al elfo, confesándole además su amor eterno. Ambos elfos convencieron al resto del pueblo Kaldorei de atacar el templo de Azshara y encontrar el modo de destruir el Pozo, sin embargo Illidan resentido por el naciente romance entre su hermano y Tyrande, decidió abandonar las filas, convencido de que debía haber otra manera de detener la invasión. Fue entonces cuando se le ocurrió un plan que podía dar la vuelta a la situación, obtener el Alma del Demonio. Illidan creía que recuperando el artefacto podría cerrar el portal que había abierto Azshara en las orillas del pozo, pero sabía que para ello necesitaría más poder. Así pues el astuto elfo se dirigió a la capital élfica de Zin-Azshari, donde fingió una alianza con Azshara y los Altonato, que aún seguían tratando de invocar a los demonios. Illidan fue traído delante del mismísimo Sargeras al que mintió diciéndole que quería obtener el alma del demonio para abrir definitivamente el portal que le daría paso al mundo. Sargeras, complacido con el plan del elfo, decidió entregarle más poder, por lo que le extrajo sus ojos y se los reemplazó por unos orbes con las cuales podría ver todas las formas de magia. Con el poder necesario para completar su misión, Illidan siguió ganándose cada vez más la confianza de Azshara, que había quedado totalmente prendada ante su nuevos poderes. Este pudo comprobar maravillado la libertad con la que ella y sus Altonato practicaban la magia, lo que empezó a distanciarle de su misión. Durante su estancia conoció a Xavius, el cual aún desconfiaba secretamente de las verdaderas intenciones del elfo. El consejero de la reina conocía el resentimiento de Illidan hacia su hermano por arrebatarle a su amada, por lo que poco a poco, le convenció de cuál era su verdadero lugar, persuadiéndolo de que ya no tendrían sitio entre los Kaldorei.


El Ocaso del Mundo

Conforme la enorme sombra de Sargeras se acercaba a la superficie del mundo, las fuerzas aliadas de los elfos nocturnos decidieron asaltar finalmente el templo de Azshara, resueltos a destruir el Pozo de la Eternidad. Mannoroth en persona, el terrible Señor del Foso, guardaba sus puertas, sin embargo Cenarius se enfrentó a él, invocando los altos poderes de los bosques y, dándoles suficiente tiempo a Malfurion, Tyrande y sus guerreros de penetrar en el santuario. Una vez en la cámara principal, Malfurion y sus compañeros encontraron a los Altonatos en medio del final de su oscuro encantamiento, pero Azshara estaba más que preparada para su llegada. Para su sorpresa, Illidan había advertido a la reina del plan de sus hermanos, y estaba dispuesto a defender el Pozo por todos los medios necesarios. Todos los aliados de Malfurion fueron capturados antes de que estos atacaran a la enloquecida reina. Incluso Tyrande fue detenida por la guardia personal de los Altonatos sufriendo graves heridas. Al ver la caída de su amada, Malfurion entró en cólera y se dispuso a acabar con la vida de la reina. Azshara arremetió contra Malfurion, quien, con el corazón destrozado por la traición de su hermano, estaba dispuesto a vencer o morir. Ambos elfos desataron un terrible poder durante su batalla, que terminó desestabilizando el conjuro de los Altonatos. Poco a poco el hechizo se fue desmoronando, causando una gran inestabilidad en el pozo, que finalmente provocó su implosión. La masiva explosión liberó una serie de estremecedores terremotos que abrieron la torturada tierra y resquebrajaron el templo hasta sus bases. Cegado por su adicción a la magia, Illidan se apresuró a llenar varios viales con el agua del pozo mientras las ondas de choque de su implosión rompían las bases del mundo. Los mares bramaron e invadieron la tierra y cerca del ochenta por ciento de la masa de Kalimdor fue consumida, fracturándose en continentes, separados por ahora por un nuevo y embravecido océano. En el centro del nuevo mar, donde una vez estuvo el Pozo de la Eternidad, una tumultuosa tormenta de mareas enfurecidas y caóticas energías se formó. La terrible tormenta, conocida como la Vorágine, nunca cesaría, y se constituiría como el recuerdo de la terrible catástrofe, y la utópica era que se había perdido para siempre.

Sargeras no había logrado su invasión y se encontraba encolerizado por la ineptitud de Xavius y sus súbditos. Por su fracaso, decidió marcarlo para siempre como un sirviente de la Legión, transformando y desfigurando su cuerpo como última parte del pacto que hicieron hace tiempo. Horribles cuernos emergieron de su cabeza y sus piernas se tornaron en las de un carnero, Sargeras le había convertido en el primer sátiro. En cuanto a Azshara y sus Altonato, sufrieron un destino peor que la muerte. Torturados por los poderes que ellos mismos habían liberado, fueron arrastrados a las profundidades del océano junto con sus antiguos palacios, sin embargo lograron sobrevivir. Mientras se hundían un antiguo mal oculto bajo la superficie decidió mantenerlos con vida, transformándolos en terribles criaturas serpentinas. La propia reina Azshara se convirtió en una monstruosidad, que reflejaba el odio y la malicia, que siempre había escondido en su interior. Malditos y denigrados, la reina bautizó a su nuevo pueblo como los Naga, construyendo su nueva ciudad Nazjatar en las profundidades del océano, donde pasarían miles de años hasta que revelarían su existencia al mundo de la superficie.


El Monte Hyjal y la Ofrenda de Illidan

En la nueva costa del destruido continente, dos cuerpos yacían inconscientes sobre la arena. Tyrande lentamente despertó, aún aturdida por la terrible explosión. Sobresaltada por la imagen de la muerte de su amado, se abalanzó sobre el cuerpo de Malfurion quien, agotado por la lucha, se hallaba a su lado. Por la gracia de Elune habían sido salvados de la hecatombe. Sobre uno de los riscos de la costa, el semidiós Cenarius sonreía a la sorprendida sacerdotisa, quien aún no comprendía que su poderoso amigo les había rescatado de una muerte segura. Los pocos elfos nocturnos que habían sobrevivido a la horrible explosión se habían reunido cerca de la costa. Agotados, dejaron atrás sus destruidos hogares, y se dirigieron a la seguridad del bosque.

Como ellos, muchos de los Altonatos habían sobrevivido al cataclismo. A pesar de sus antiguas diferencias, los otrora altaneros elfos decidieron acompañar a sus hermanos en su viaje, volviendo a caminar juntos por las riberas de la tierra. Malfurion aún desconfiaba de sus motivaciones, sin embargo estaba seguro de que no serían una amenaza sin las energías del Pozo. Su viaje continuó, hasta que para la alegría de todos, descubrieron que la montaña sagrada, Hyjal, había sobrevivido a la catástrofe. Buscando establecer un nuevo hogar, Malfurion y los elfos nocturnos escalaron las faldas del monte hasta su valle más cercano. Al descender al valle, entre los enormes picos de la montaña, encontraron un pequeño y tranquilo lago. En ese momento, uno de los Altonatos se lanzó sobre las aguas con alegría indescriptible. Para horror de todos, las aguas del lago rebozaban de magia. Illidan, que también había sobrevivido al ocaso, había llegado a la montaña antes que Malfurion, y en su locura por mantener fluyendo la magia, había vaciado sus frascos con las preciosas aguas del Pozo de la Eternidad, en el lago de la montaña, cuyas potentes energías rápidamente formaron un nuevo Pozo de la Eternidad. Illidan creía que su nuevo Pozo era una ofrenda para las futuras generaciones, sin embargo se vio contrariado cuando Malfurion le lanzó sobre el suelo. Malfurion le dijo a su hermano que la magia era innatamente caótica y que su uso inevitablemente llevaría a una nueva catástrofe. No obstante, Illidan se negó a abandonar sus poderes mágicos, y una vez más, el conflicto surgió entre los gemelos.

Sabiendo que la tendencia de Illidan a hacia la magia lo llevaría a romper las reglas, Malfurion decidió acabar de una vez por todas con la locura de poder de su hermano. Con la ayuda de Cenarius, Malfurion encerró a Illidan en una vasta prisión bajo la superficie, las Tálamos Profundos, donde su apetito de poder se consumiría hasta el final de los tiempos. Para asegurar la prisión de su hermano, Malfurion encargó a una joven Guardiana, Maiev Cantosombrío, ser la carcelera personal de Illidan. Cenarius, a su vez, encomendó a uno de sus hijos, Califax el Guardián del Bosque, asistir a la Guardiana en su custodia durante las edades por venir. Considerando que la destrucción del nuevo Pozo podría provocar una nueva catástrofe, los elfos nocturnos resolvieron no tocarlo. Sin embargo, Malfurion declaró que nadie volvería nunca a practicar de nuevo las artes mágicas. Bajo el ojo vigilante de Cenarius, los elfos comenzaron a estudiar las antiguas artes del druidismo con el propósito de sanar la tierra y hacer crecer de nuevo sus amados bosques.


Hakkar y la Corrupción de Ysera

La implosión del pozo trajo muchas consecuencias para el resto de razas de Azeroth. Civilizaciones enteras quedaron divididas tras la catástrofe, mientras el  hambre y terror se apoderaban del mundo. El imperio trol Gurubashi fue uno de los más afectados por esta crisis. Ocupados en su propia sociedad en el este, los Trols permanecieron ignorantes de las subsecuentes actividades de los elfos hasta que ocurrió la terrible explosión. Intentando proteger sus desolados hogares, sus líderes buscaran nuevas soluciones para su pueblo. Desesperados, reclamaron la ayuda de los loa, pero lamentablemente empezaron a adorar al más oscuro de ellos, Hakkar, el Devorador de Almas. Este ser, a cambio de compartir sus secretos y poder, reclamaba sacrificios diarios a los trols con la intención de lograr el acceso al mundo físico. Hakkar llegó a ser seguido de manera absolutamente devota, en especial por la secta de trols Atal'ai. Con su ritual casi terminado, el insaciable dios comenzó a demandar las almas de los niños Trols, y fue en este momento cuando algunos trols se dieron cuenta de la criatura con la que habían estado tratando, estallando una terrible guerra civil. Después de la guerra, el avatar de Hakkar fue desterrado del mundo y sus más fieles seguidores los Atal'ai fueron expulsados al norte, donde más tarde construirían el templo Atal' Hakkar para continuar la obra de su maestro. El imperio Gurubashi en ruinas, quedó disperso en tribus que se pugnaban por sobrevivir. Una de estas tribu, los Lanzanegra, ante la incesantes hostilidades entre las tribus, decidió abandonar el continente y viajar por el mar, estableciendose más tarde en unas islas en algún lugar del gran mar, que posteriormente denominarían islas Lanzanegra.

Mientras el resto de razas trataban de reconstruir sus hogares, los Atal’ai retomaron los cultos y sacrificios para lograr la llegada de su maestro. Ante el inminente peligro que esto significaba, Ysera La Soñadora envió a uno de sus hijos predilectos, Eranikus, a advertirles de la nueva e inminente catástrofe. Eranikus llegó a las tierras de los trols pero estos se negaron a cooperar. Ante la insistencia de los profetas Atal’ai, Ysera en persona llegó para combatirlos, y con sus inmensos poderes, hundió su ciudadela, formando lo que hoy se conoce como el Pantano de las Penas. Encolerizado, Hakkar lanzó una terrible maldición sobre la dragona, quedando terriblemente enferma por la corrupción. Los Grandes Aspecto llegaron para rescatar a su hermana malherida, pero quedaron profundamente alarmados por lo que podría resultar la pérdida de otro de sus hermanos. Sin el influjo de Ysera, temían que el balance de la vida natural sobre Azeroth quedará desestabilizado, sin embargo pronto se les ocurrió un plan para salvar a la dragona de su corrupción que requería la ayuda de sus antiguos aliados, los elfos.


El Árbol del Mundo y el Sueño Esmeralda
9000 años antes de la Primera Guerra

Por mucho tiempo, los elfos nocturnos trabajaron duramente para reconstruir su ancestral hogar. Con sus viviendas, templos y caminos hundidos, construyeron sus nuevos hogares entre los verdes árboles y las sombreadas colinas de las faldas del monte Hyjal. Con el tiempo, los dragones que habían sobrevivido al ocaso salieron de sus secretas guaridas. Alexstrasza, Ysera, Malygos y Nozdormu descendieron sobre las tranquilas praderas de los druidas y observaron los frutos de sus trabajos. Malfurion, quien con los años se había convertido en el primer Shan’do (archi-druida), recibió a los poderosos dragones y les habló sobre la creación del nuevo Pozo de la Eternidad. Ante semejante noticia, los dragones advirtieron que la presencia del Pozo a largo plazo podría motivar el regreso de la Legión, por lo que resolvieron hacer un pacto para asegurarse de que los agentes de la Legión Ardiente nunca regresaran al mundo. Uniendo sus poderes, los Grandes Aspectos plantaron una semilla encantada en el corazón del nuevo Pozo de la Eternidad. La semilla, creada por Alextrasza, se activó por las potentes aguas mágicas, brotando hasta dar vida a un árbol colosal cuyas enormes raíces succionaron las aguas del Pozo. Nozdormu, El Atemporal lanzó un encantamiento para asegurarse de que mientras el árbol siguiera en pie, los elfos de la noche no envejecerían ni caerían presa de enfermedad, y por último Ysera, La Soñadora, aún enferma por la corrupción de Hakkar, lo vínculo con su reino etéreo, el Sueño Esmeralda. Como parte del pacto, los druidas elfos deberían velar por la seguridad de la enferma dragona adentrándose con ella al Sueño.

El inmenso árbol creció hasta alcanzar los cielos, y se convirtió para siempre en el símbolo de la unión de los elfos nocturnos con la Naturaleza. Los elfos nocturnos llamaron a su Árbol del Mundo Nordrassil, que significaba la “Corona de los Cielos”.


Exilio de los Altos Elfos
7300 años antes de la Primera Guerra

Con el paso de los siglos, la sociedad de los elfos nocturnos creció de nuevo fuertemente y se expandió por los bosques de Vallefresno. Muchas de las criaturas y especies que abundaban antes del Gran Ocaso, como los furbolgs y los jabaespines, reaparecieron y florecieron sobre la tierra. Bajo el liderazgo benevolente de los druidas, los elfos nocturnos disfrutaron de una era de improcedente paz y tranquilidad.

Sin embargo, mucho de los originales altonatos sobrevivientes vivían intranquilos. Como Illidan antes que ellos, cayeron víctimas de una depresión inmensa por la pérdida de sus poderes mágicos. Dath'Remar, su insolente líder, comenzó a criticar a los druidas, acusándolos de cobardes por rehuir el uso de la magia, que según él les correspondía por derecho. Malfurion y los druidas minimizaron los argumentos de Dath´Remar y previnieron a los Altonatos que cualquier uso de la magia sería castigado con la muerte. En un insolente y peligroso intento de convencer a los druidas de rescindir su ley, Dath´Remar y sus seguidores convocaron una terrible tormenta mágica sobre Vallefresno. Los druidas, que no podían cargar con la culpa de la muerte de sus hermanos, decidieron en su lugar exiliar a los Altonatos de sus tierras. Dath´Remar y sus seguidores, orgullosos de librarse por fin de sus conservadores primos, elaboraron barcos especiales y se hicieron a la mar en busca de nuevas tierras donde poder practicar sus artes mágicas con impunidad.

Con la partida de sus altaneros primos, los elfos nocturnos volcaron su atención en la seguridad de su patria. Los Kaldorei realizaron un poderoso conjuro druídico sobre las fronteras de Vallefresno, cerrando la entrada del bosque en un eterno misterio. Allí, permanecerían ocultos por cientos de años, sin contacto con otras razas. Los druidas, sintiendo que el tiempo de su hibernación estaba cercano, se prepararon para el sueño y dejaron atrás sus amadas familias y esposas. Tyrande, que se había convertido en Alta Sacerdotisa de Elune, le pidió a su amado, Malfurion, que no la dejara por el Sueño Esmeralda. Pero Malfurion, honrado por entrar en los encantados caminos del Sueño, se despidió de la sacerdotisa y le dijo que nada podría apartarle verdaderamente de su gran amor.

Sola para proteger Kalimdor de los peligros del nuevo mundo, Tyrande ensambló una poderosa fuerza entre sus hermanas elfas. Las mujeres guerreras, altamente entrenadas y sin miedo, se llamaron a sí mismas las Centinelas. Su misión sería defender Kalimdor y patrullas los sombríos bosques de Vallefresno, y para esto contarían con numerosos aliados a quien llamar en tiempos de urgencia. Cenarius y sus hijos, los llamados Guardianes de los Bosques, se asentaron cerca de los elfos nocturnos y regularmente ayudaban a las Centinelas a mantener la paz en la tierra. Incluso las bellas hijas de Cenarius, las tímidas dríades, empezaron a aparecer en los claros con incrementada frecuencia. Con los largos siglos por venir, y sin Malfurion a su lado, Tyrande nunca dejó de temer una segunda invasión demoníaca. Nunca dejó de pensar que la Legión Ardiente seguía allí, más allá de la Gran Oscuridad del cielo, planeando desde la sombra su venganza sobre los elfos nocturnos y el mundo de Azeroth.

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